miércoles, 28 de septiembre de 2022

RELATO LITERARIO "EL ANOCHECER", ORPESA/OROPESA DEL MAR.

GENTES, COSTUMBRES, TRADICIONES, HISTORIAS, PATRIMONIOS Y PAISAJES DE LA PROVINCIA DE CASTELLÓN:

Por:  JUAN E. PRADES BEL, Humanista (Proyecto: "ESPIGOLANT CULTURA": Taller de historia, memorias y patrimonios).

(Sinopsis): RECORDAR TAMBIÉN ES VIVIR…

(Temáticas): DATOS PARA LA HISTORIA DEL MUNICIPIO DE ORPRESA//OROPESA DEL MAR (CASTELLÓN).

"EL ANOCHECER", UN RELATO LITERARIO PUBLICADO EN EL AÑO 1860, CENTRADO DESCRIPTIVAMENTE EN LA VIDA DEL AÑO 1834 EN EL ESCENARIO FÍSICO DE OROPESA DEL MAR Y SU LITORAL MARÍTIMO ". 

INTRODUCCIÓN: El escenario descrito por el autor del siguiente relato literario, está centrado en tiempos de primavera del año 1834, y en el término municipal de Oropesa del Mar y en su costa litoral marítima.

EXPOSICIÓN DOCUMENTAL, AÑO 1860: "MUSEO DE LAS FAMILIAS" PERIÓDICO MENSUAL PUBLICADO Y DIRIGIDO POR MELLADO. SEGUNDA SERIE—AÑO DECIMO OCTAVO. PERIÓDICO MENSUAL PINTORESCO, página 231-234. Museo de las familias (Madrid) "El anochecer" publicado en el año 1860. Escenario del relato Oropesa del Mar.

“EL ANOCHECER”. FRAGMENTO DE UN LIBRO INEDITO. II. Era, pues, una tarde de junio, en ese Mediterráneo de lenta ondulación, de tranquila y cristalina superficie, que le agita algunas veces, como si el inmenso lago quisiera recordar que su dulzura es voluntaria; como si quisiera decir á cuantos le habitan: puedo igualaren fuerza y magestad á todos los mares.

Un bergantín genovés cortaba á la altura de Oropesa aquellas aguas voluptuosamente juguetonas, favorecido por una brisa N. O., á la cual se mezclaba de tarde en larde el soplo caliente del viento de las costas».

Cruzó junto al bergantín una barca pescadora.

Los pocos hombres que tripulaban la embarcación genovesa, diseminados entonces sobre cubierta, llamaron gritando al patrón de la lancha, que se acercó á fuerza de remo hasta tocar con su barquilla las planchas del bergantín. 

Mediaron entre los de arriba y los de abajo algunas palabras, y poco después cayó un cofre de madera en la barca del pescador y una moneda de oro en la palma callosa de su mano. Un joven se deslizo al mismo tiempo del bergantín a la barquilla, y el barco genovés, tomando mar poco á poco, continuó muy luego su rumbo hacia Cartagena, mientras la ligera barca, izando su vela, la vela latina, caminaba rápidamente hacia tierra.

El sol comenzaba á ocultarse tras de las montañas, cuyos picos caprichosos protegen de los cierzos las floridas bahías de aquella costa. Perdíase, poco á poco entre las brumas del horizonte el casco del bergantín genovés, y continuaba la barca pescadora su marcha ligera y suave, únicamente dirigida por un niño de quince años, cuyos pies desnudos se apoyaban en un cesto de mariscos. El patrón de la barquilla, sentado tranquilamente en las tablas dé la popa, reflexionaba sin duda sobre la inesperada ganancia de aquella tarde, mirando con disimulada curiosidad el rostro y el trage de su pasagero.

Era aquel nuevo huésped de la lancha un joven alto y moreno, que apenas frisaría en veinte y cuatro años; cubría su cabeza un sombrero bajo de fieltro, echado hacia atrás, como lo usan los marineros, y dejando descubrir una frente severa y despejada, muy en armonía con una mirada penetrante y modesta, que probaba en aquel hombre una prematura reflexión.

A veces cruzaba por los ojos del recién llegado un relámpago de entusiasmo ó de alegría, que iluminaba toda su cara, y le imprimía un aspecto dominador; parecía en aquellos instantes que, seguido de mil embarcaciones, caminaba á la conquista de la dicha; luego se fruncía lentamente su entrecejo, como si desconfiara de sus propios pensamientos, y continuaba severo y mudo, de pie, en medio de la barca, recibiendo con ansia satisfecha aquellas ráfagas de aire perfumado y tibio, que la tierra mezclaba de vez en cuando á las brisas ligeras del mar.

Las olas aumentaban sus rizos sonoros, á medida que la lancha se acercaba á tierra; el Mediterráneo se mecía dulcemente en su lecho gigantesco; el sol se despedía de las aguas, lanzándolas los últimos reflejos, que besaban al bajar de las alturas la cortina de naranjos, higueras y granados, extendida en aquel sitio hasta la arena de una playa pacífica y desierta.

La barquilla, dominada como un juguete por el niño pescador, acortaba su marcha al entrar en aquel puerto misterioso, reservado por la naturaleza para la humildad de tal embarcación; y estasiado en el dulce silencio de la tarde miraba el incognito viagero las flores silvestres, derramadas con pródiga riqueza por aquel jardín oriental. Un gilguero, posado á pocos pasos sobre la copa de una palmera, lucia sus trinos flauteados; las olas se empujaban afanosas en la eterna tarea de escapar á su freno de arena, y resbalaban después suspirando, sobre sus perezosas hermanas. Nada interrumpía la calma grandiosa de aquel paraje, cuyo perfume dilataba con inefable sensación el rostro del recién llegado, mientras se deslizaba de sus ojos una lágrima sola y desapercibida.

Tocó la barca el límite de aquella alfombra azulada que se agita continuamente entre África y Europa. Bajó al agua el patrón, y arrastró la barquilla hasta encallarla en la arena. Pocos instantes después estaba en tierra el viagero.

—Hasta mañana con el cofrecillo, gritó volviéndose hacia la lancha; y arrojando á su fondo una propina, penetró por el bosque de naranjos, como quien pisa terreno conocido.

Caminó algún tiempo con paso seguro, aunque ligero, oyendo sin volverse la música imponente y majestuosa que se llama mugido del mar. Luego comenzó á variar de fisonomía, y poco á poco perdió su serena impasibilidad.

Las precoces arrugas de su frente dejaron lugar á una candorosa sonrisa: su marcha se hizo rapidísima para cesar de vez en cuando repentinamente. Entonces cambiaba el joven de frente, y buscando entre los árboles un hueco, dirigía su vista hacia el mar, que limitaba con su azulada estensión aquel melancólico paisage. Después volvia á marchar con prisa creciente; se paraba otra vez en cada recodo de la senda que atravesaba aquellas huertas, y escuchaba arrobado el canto de los mirlos ó el gorgeo de un ruiseñor, mezclado al susurro de los árboles. Parecía que aquel joven sereno se había convertido en niño.

Anduvo de tal suerte hasta llegar á la primera colina. Allí se detuvo nuevamente; miró con estasis melancólico la vegetación, que se ostentaba ante su vista hasta la misma orilla del Mediterráneo; vagó por sus labios una sonrisa de dicha, al mismo tiempo que otra lágrima, arrancada quizás por un recuerdo de la infancia, se desprendía de sus ardientes ojos; y con aquel paso incierto y desigual, comenzó a subir por la verde pendiente, pegando en sus rodillas con el sombrero que llevada cogido por el ala, mientras ahuecaba su cabello descuidado aquel viento singular y abrasador que había notado en la barquilla.

Unas veces se inclinaba delante de sus pies para percibir el aroma de un jacinto silvestre, cuyo tallo se doblaba sobre la orilla de la senda; otras, recogía con íntima satisfacción esos rumores indescriptibles y suaves que pueblan la soledad de los campos; luego se paraba para juzgar por lo que había caminado lo que aún le faltaba caminar, y comenzaba, sin saberlo él mismo, un canto pausado y cadencioso, parecido á las playeras andaluzas.

De pronto volvió la vista á su alrededor, como si le faltara alguna cosa en aquella esplendidez de luz, de aromas y de armonías; y su mirada, dirigida primero á todas partes con igual inquietud, se paró tenazmente en una de las blancas cabañas habitadas por los campesinos de aquellas huertas. Observó muy despacio la pobre y pintoresca casa; miró luego la de más allá; se fijó después en otra reducida habitación, que ocupaba el centro de un cercado de cañas; buscó por último con la vista en todas las huertas, en todo; aquellos cuadros que se prolongaban entre el mar y la colina, ocupando el cuarto de legua que acababa de atravesar.

Ni un hombre, ni un niño, ni una sombra de persona se descubría en aquella estension, otras veces tan poblada. Pacían acá y allá algunos caballos; se descubrían algunas vacas, cerca de la última casa; se oía la campanilla de una cabra abandonada al pie de la misma colina; pero ni un pastor, ni un guarda, ni un ser humano hallaba la mirada del inquieto joven.

Continuó subiendo con celeridad, porque el sol dejaba ya muy atrás sus pasos, y cuando al seguir las vueltas de la senda por donde caminaba llegó á encontrarse sobre el techo puntiagudo de una de aquellas rústicas y blancas casas, gritó con toda la fuerza de sus pulmones: —¡Eh! María.

Y su voz, estendida por la florida llanura, se perdió poco á poco entre el ruido de los árboles. Y cuando afanoso y conteniendo el vaivén de su respiración esperaba el ruido de otra voz, oyó tan solo el rumor majestuoso de las olas, que llegaba purísimo á la altura de la colina. Y cuando buscó con los ojos algún movimiento causado por su grito, percibió' solamente á lo lejos un punto negro que marcaba sobre la superficie azulada del mar la barca que le había conducido, trabajando á la sazón por doblar la punta de Oropesa.

Entonces se arrepintió del premeditado silencio que había guardado en la barca; buscó inútilmente en su imaginación la causa de aquella soledad, y poseído de una inquietud creciente, caminó largo rato con mucha rapidez.

Piso por fin la meseta de la colina. Recobró la animación como si en aquel punto ya todo le inspirase confianza, y acortó su marcha un instante para deleitarse en el panorama que descubría al suave crepúsculo de la tarde: para saborear poco á poco aquella perspectiva consoladora.

Era en verdad, estraño y ameno el ancho valle que comenzaba en aquel lado de la colina. Sobre una ilimitada capa de verdura, destacaban sus blancas paredes numerosas casas, esparcidas sin orden, unidas unas veces, y separadas otras por mil árboles de géneros y aspectos distintos. Ostentaban algunas la altura de sus dos pisos, saliendo atrevidas del fondo de una pradera jaspeada de dalias y claveles; otras más modestas, solo levantaban del piso un mirador rodeado de jazmines, que dominando la colina, se convertía en un balcón sobre el Mediterráneo; las había, en fin, aun más humildes, cuyas bajas ventanas, cubiertas de enredaderas y pasionarias, se abrían únicamente sobre el campo que las cercaba, como si su techumbre, escondida entre los árboles, debiera recordar que solo en aquel terreno querían vivir sus ignorados dueños.

Al otro lado de la cuenca, ocupaba la falta de una montaña un pueblo colocado sobre el risueño valle, como un señor natural, y bañado por el mismo arroyo, cuyos cristales alimentaban la varia vegetación del paisage. Pero aquel pueblo que se presentaba reclinado con orgullo sobre la falda del pequeño monte, como descansa un conquistador sobre sus coronas, fe veía humillado á su vez por una torre blanquísima, que levantaba su aguja y su cruz hasta la altura del humilde cerro.

El joven caminante, á pesar de su inquietud, á pesar de la escasa luz que ya podía disfrutar, sintió al descubrir aquel nuevo horizonte una indescriptible conmoción que se reflejó un instante en su cara.

Pero apenas había detenido la vista en los accidentes del pintoresco valle, apenas había fijado sus miradas en una casa del inmediato pueblo, cuando aumentó repentinamente su ansiedad, y comenzó de nuevo su marcha entrecortada, aunque rápida.

Y era que en aquel campo faltaba también hasta la sombra de un ser humano; y que allí no se percibían siquiera aquellos escasos restos de ganados que el joven había mirado en la playa; y era que en aquella hora del anochecer, que tantos ruidos, que tanta animación, que tanta y tan grata vida presenta en los valles, no se descubría entonces una sola familia que se retirara, ni un pastor que recogiera cantando su ganado, ni un campesino que volviera tranquilo al hogar.

El valle estaba solo; pesaba sobre su aspecto la falta del hombre, del impulso constante de la tierra, del segundo removedor de la naturaleza terrestre. Las mismas aves habían huido y yacían exánimes en sus nidos.

La luz de la tarde no había desaparecido por completo; pero un manto canicular, una nube cargada y opaca cubría la atmósfera entera, y sin oscurecerla totalmente la daba un aspecto lúgubre, abrumador, siniestro.

El joven, convertido en niño, se sintió profundamente angustiado; anublóse su rostro espresivo y comenzó á correr por aquella pendiente mirando á todas partes como si alguno le persiguiera; respirando con trabajo, serenándose  medías para buscar el rastro ó la imagen de un ser amigo y continuando luego su incierta marcha.

Así atravesó todo el valle, llamando en cuantas casas hallaba, mirando por todas las ventanas, indagando sin fruto y con ansia indecible.

Cuando solo le faltaban cien pasos para entrar en el pueblo de la blanca torre, se detuvo un momento ilusionado con una ligera esperanza.

—Ya comprendo, dijo en voz alta, hablando consigo mismo; fiesta en Oropesa, ó la de Alcalá.

—¿Pero habían de marcharse todos, todos?...

Y antes de que pudiera contestar á aquella sensata objeción de su instinto, llegó á sus oídos el tañido de las campanas que en lo alto de la blanca torre doblaban fúnebremente.

Se heló sobre el rostro del mancebo el sudor que cabría su frente, contrajéronse sus varoniles facciones, y con paso más lento caminó al pueblo procurando dominar el pavor que asomaba tenaza su fisonomía.

Entró por fin en la primera calle cuando caían sobre las paredes las últimas y melancólicas tintas del crepúsculo.

No reparó en la soledad de aquel sitio; no vacilaron sus pasos detenidos como en la colina por gratos recuerdos, no volvió la mirada hacia el mar que desde allí se descubría en lontananza como movible sábana de niebla.

Pasó delante de una puerta cerrada, luego de otra, y de otra, y de otra. Clavó la vista en el cielo como para pedirle que no despedazara su alma con la esplicación de aquel misterio. Y solo una atmósfera pesada, oscura, tristísima; esa atmósfera que cubre la tierra siempre que la Providencia descarga sobre ella una de sus desgracias, cuyo sello está desde que llegan en toda Ja creación. Y solo percibió entre aquella capa de aire opaco y caliente el sonido acompasado y lento de las dos campanas que á largos intervalos formaban combinadas el quejido metálico del toque mortuorio.

Pero era hombre al fin; era joven, y por muchos augurios fatales, por muchos presentimientos de desdicha que sintiera y tocara en torno suyo, no podía detenerse ni retroceder.

Había en su alma, por otra parte, un impulso superior á la fuerza del miedo y á la de todos los impulsos humanos: amaba.

Se acercó, pues, pálido á la quinta casa de aquella solitaria calle; levantó presuroso el pestillo de una puerta más aristocrática que sus vecinas, y dejándola del todo abierta penetró sin vacilar en el zaguán.

—Dolores, gritó con voz angustiosa, Dolores... Lola.

Pero nadie contestó á su grito.

Entró en una sala baja cuya puerta halló franca ante sus pasos; subió luego al piso superior, atravesó gabinete y alcobas, salió por un pasillo á la azotea cubierta de tiestos que daba sobre una huerta á la parte posterior de la casa. Todo lo halló perfectamente colocado, con ese orden limpio y humilde que rebosan las buenas habitaciones campestres; todo estaba en su puesto como si la vida se hubiera retirado un momento antes de aquella casa.

Pero todo estaba solo, abandonado, desierto.

Erizóse, poco á poco el cabello del mancebo, desencajóse su rostro por completo, y dominando apenas el pánico terror que le poseía, acercóse meramente al pico de la escalera y grito con voz acongojada:

—¡Jorge!... ¡María! ¡Lola, Lola!.

Pero solo el eco respondió en el cielo de la sala baja como pudiera en el fondo de una caverna... Lola...

Helóse la sangre en las venas del recién llegado y dio un paso para bajar el primer escalón.

Al mismo tiempo, una de aquellas brisas del Mediterráneo que dominaban a veces el viento de Occidente, cerró con violencia la puerta de la calle.

El joven tembló al escuchar aquel golpe que le encerraba en la desierta casa, y dejando caer su sombrero, bajó las escaleras corriendo como si le persiguiera la sombra de la muerte.

Atravesó el zaguán con paso rápido y su rostro descompuesto, abrió la puerta temblorosamente y dio el primer paso en la calle solitaria.

El médico del pueblo atravesaba entonces aquella calle. —¿Qué hay?... ¿dónde? le preguntó el joven, asiéndole por un brazo y sin poder coordinar sus palabras…

— ¡Mal, mal, el cólera crece! , contestó desprendiéndose el médico. Y continuó su camino, mientras el joven desfallecido, caía sobre el banco de piedra colocado delante de la casa. Y Seguían las campanas su lúgubre toque. Era ya totalmente de noche.

MUSEO DE LAS FAMILIAS. SEGUNDA SERIE. — 1860. AÑO XVIII. 30.

ADDENDA: ADICIONES Y COMPLEMENTOS SOBRE LAS TEMÁTICAS Y MOTIVOS REFERIDOS EN EL ARTÍCULO. (POR JUAN EMILIO PRADES):

Referencias citadas: bergantín genovés; brote de cólera de 1834; puerto misterioso, reservado por la naturaleza para la humildad de tal embarcación;...

Vegetación citada: palmera; jacinto silvestre; bosque de naranjos; la cortina de naranjos, higueras y granados, extendida en aquel sitio hasta la arena de una playa pacífica y desierta; pradera jaspeada de dalias y claveles; otras más modestas, solo levantaban del piso un mirador rodeado de jazmines,... 

El Jacinto silvestre (Hyacinthoides non-scripta) es una planta herbácea (altura máxima de unos 40 centímetros) perenne y bulbosa de flores azules o blancas campaniformes, que florecen entre marzo, abril y mayo.

MUSEO DE LAS FAMILIAS, PERIODICO MENSUAL. El Castellano (Madrid). 12/1/1846. MUSEO DE LAS FAMILIAS, PERIODICO MENSUAL. Cada número consta de 48 columnas de impresión en 4.º marquilla, tan compacta que equivale en lectura á un lomo regular. Se reparte el 25 de cada mes desde enero de 1843, con su bonita cubierta de color, en la que se insertan anécdotas y anuncios. Los doce números del alto forman un tomo, para el cual se dan índices, portadas y cubiertas. Los artículos del Museo escritos la mayor parle por nuestros literatos más célebres ó traducidos de las revistas extranjeras más acreditadas, versa en todos sobre las siguientes materias: historia, poesía, novelas, viajes, costumbres, causas célebres, historia natural, biografía, industria, bellas artes &c. La mayor parte de los artículos van adornados con primorosos grabados, y la impresión y papel es de lo más esmerado y exquisito. Se suscribe al Museo á razón de 3 reales al mes en Madrid y 30 por un año, en el gabinete literario calle del Príncipe, y 12 reales, por trimestre en las provincias y 40 por un año, en casa de todos los corresponsales del Sr. Mellado, director y editor de este periódico. Todos los que se suscriban y paguen de una vez el año 1846 antes del 31 de enero de dicho año, recibirán gratis la Galería de la literatura española. 

BIBLIOGRAFIA, WEBGRAFÍA Y FUENTES DOCUMENTALES:

ARCHIVO FOTO-IMAGEN: OROPESA DEL MAR EL ESCENARIO REAL DE "EL ANOCHECER", 100 AÑOS DESPUÉS.










Oropesa del Mar, año 1811

Oropesa del Mar, año 1811